LA HISTORIA DEL MANGLE

Por: Ángela Corvea
Fotos:
Orlando Villa, Luis Pérez y Leidy González

El mangle milagroso

Si no crees en los milagros, sería bueno entonces que leyeras esta sencilla historia sobre este pequeño mangle...
Ese arbustico que ves en medio del agua es la especie Laguncularia racemosa, más conocida en Cuba como mangle blanco o patabán. Pero este no es un mangle cualquiera, su exclusividad está en que vive desde hace casi 40 años, en las aguas cercanas a la desembocadura del Río Quibú al noroeste de la ciudad de La Habana, especificamente en línea recta por la calle 166 del barrio Flores del municipio de Playa. Esta verde “matica” era un símbolo de estoicismo y de belleza al mismo tiempo para todos los vecinos que la vieron crecer, y hasta medían las mareas altas y bajas guiándose sólo por su presencia. En tantos años, soportó, este mangle, para ser tan frágil y pequeño, demasiados avatares de la Naturaleza e irresponsabilidades del Hombre: huracanes, fortísimos frentes fríos, la “tormenta del siglo”… y lo peor, la alta contaminación del lugar, donde a través del cauce del mencionado río viajaban y convivían junto a él cualquier clase y cantidad de desechos o basuras del mar.

Hasta que el 24 de octubre las grandes y poderosas olas del huracán Wilma lo arrancaron de raíz y lo pusieron en medio de la calle. Lo más triste de observar aquel espectáculo era constatar que estaban totalmente entesadas sus ramas y raices, de nylons y todo tipo de basuras, cual una horrible momia o un dantesco árbol de navidad, esa es la impresión que sentí al verlo y la que trasmito en esta imagen tomada en días posteriores al paso del huracán.
Sin embargo, un joven permanecía a su lado permanentemente, con la esperanza de salvarlo, de volver a colocarlo en la costa… pero, ¿cómo?, pesaba mucho y nadie pensaba que semejante hazaña pudiera hacerse y mucho menos creer que aquella cosa horrible, aparentemente seca y moribunda volviera a revivir. Parecía cosa de un loco romántico ajeno a la evidente y dura realidad. Yo misma le aconsejé resignarse a perderlo, porque era lo que realmente creía.

En la vorágine de la cotidianidad, olvidé, o quizás mejor, quise olvidarme de lo que un día fue aquel verdecito y saludable mangle, que todos los niños y niñas y profesores de la escuela primaria “Eliseo Reyes” del barrio Náutico veían y querían a lo lejos, sin quizás reparar mucho en este sentimiento, por la costumbre de verlo como parte del paisaje aledaño al colegio. Los vecinos de Flores también lo sentían y extrañaban. Simplemente, ya no estaba y nos dolía a todos su ausencia. Casi a finales de noviembre veo a lo lejos (yo vivo en el Náutico) en una visita a dicha escuela un arbusto seco, muy parecido al mangle de nuestra historia, situado encima de las rocas o diente de perro, pegado a la orilla del mar. Pensé para mis adentros – no puede ser que sea el manglecito, y si lo es tengo que ver que ha sucedido. Les confieso que seguía pensando que aquel joven estaba empecinado en lo imposible y sí lo había colocado allí, era lo mismo que echar al mar una basura más…

Que equivocada estaba, a los pocos días cuando me acerqué al lugar donde estaba el “arbusto seco” me quedé boquiabierta, absolutamente maravillada. Ante mis ojos y para mi sorpresa estaba ahí el manglecito, libre de las ataduras de la basura enredada y lleno de brotes de hojitas verdes por todas partes.

Pero, ¿cómo sucedió esto?… Afortunadamente, en ese momento, apareció el joven que les mencioné antes y me contó todo: Ante su constancia y persistencia cuando estaban los trabajadores de Comunales haciendo las labores de retirar y recoger todo lo arrojado por la gran penetración del mar en el barrio, él logró sensibilizar a un trabajador que con una alzadora levantaron al mangle y lo pusieron como a 200 metros más al oeste de donde lo había sacado las olas, pero como el equipo no podía entrar en el mar, tuvo que conformarse y verlo depositado en las rocas. Gracias a la pleamar sus raices periódicamente están sumergidas en el agua. Le pregunté que cómo había logrado liberarlo de tanta basura… -con mucha paciencia y la ayuda de tijeras y una amiga. Cuando le dije que iba a contar esta linda historia, me pidió que no mencionara su nombre, pues decía que no había hecho nada importante.
Lamento mucho desobedecerlo y no sólo no dejar de mencionar su nombre, sino mi audacia va aún más lejos: una gran foto que rescaté y amplié sacada de un grupo en una actividad de “A Limpiar el Mundo” realizada en septiembre.

José Fresneda Astorquiza, un joven de 33 años, abogado de profesión, pero plenamente convencido y afiliado a todas las causas en defensa del Medio Ambiente. Nació y se crió en el barrio de Flores y su casa está ubicada en la calle 166 y esquina 1ra, justamente a unos pocos metros del mangle protagonista de mi historia. Su mamá Alba, lo enseñó desde pequeño a observar y a querer ese manglecito, excelente indicador de mareas para ella. Jóse (con acento en la o, para pronunciarlo así como le llamamos) participa como voluntario, en disímiles proyectos ambientalistas, uno de ellos ACUALINA y siempre, con su sonrisa y amabilidad característica, colabora en la siembra de árboles, limpieza de costas, charlas a los pequeños y en un montón de etcéteras más.
La buena noticia para él y para todos, es que la zona dañada está siendo saneada y reforestada con plantas costeras por empresas del Gobierno Municipal de Playa, como son Comunales entre otras. También hay grandiosos planes con una especialista del Instituto de Oceanología para experimentar en la siembra de otros tipos de mangles en la franja costera, de esta forma nuestro recien salvado mangle tendría más amiguitos, y continuar, a través de ACUALINA y otros proyectos similares la necesaria y urgente tarea de elevar la cultura ambiental de la población circundante, especialmente de los más chicos con diversas actividades en las escuelas y en el barrio.
Ya casi termino, pero, para concluir creo que tengo que volver al inicio: -Amigo léctor, puedo preguntarte ahora si -¿crees en los milagros?. Pienso que estarás de acuerdo conmigo en que SI. Jóse existe, es real, vive y convive con todos nosotros, su ejemplo es digno de imitar por muchos, que a diferencia, deforestan, incendian y hacen que desaparezcan miles de hectáreas de bosques cada día en el planeta. Su amor, constancia y confianza en que podía salvar ese querido y pequeño arbustico, hizo que todas las fuerzas del Universo convergieran para lograr su empeño y asi, convertirlo definitivamente en un verdadero milagro.

¡¡¡El manglecito vivo!!!
(continuación de El mangle milagroso)

Compartir alegrías con nuestros semejantes es algo lindo y engrandecedor, pero lo es aún más si estas alegrías encierran soluciones milagrosas a causas o cosas que creíamos irremediablemente perdidas.
¿Por qué dejar pasar más días sin que los niños y niñas de la Escuela Eliseo Reyes del Náutico supieran que su querido y aparentemente desaparecido mangle estaba vivo?...
Con la ayuda, siempre entusiasta, de los profesores de la escuela y su complicidad para no develar el secreto a los pequeños de lo que iba a acontecer ese día 27 de diciembre a las 2:00 p.m. Dejarlos que creyesen que era una actividad más de medio ambiente de las que acostumbro con cierta periodicidad a compartir con ellos, era parte del plan, quizás pensándolo como un lindo regalo de fin de año.
Fui a la escuela y anuncié con unos días de antelación que les hablaría de los manglares; qué eran estos, su importancia, cuántas especies se encontraban en Cuba, entre otros tópicos a tratar y además serviría de pretexto para recordar aquel arbustico que todos veían a diario y un buen día desapareció a causa del poderoso huracán Wilma. También convocamos a un Concurso de Dibujo y Literatura: “Mi manglecito”

Los jurados que nos apoyaron, casi todos vecinos y amigos del barrio Náutico, fueron: Eslinda Núñez, afamada actriz de teatro, cine y TV, Joaquín Baquero, escritor, las arquitectas y pintoras Maritza Verdaguer y Georgina Enríquez y la joven pintora y escultora Liam Eylé Perdomo. Resultó hermoso constatar como los niños y niñas expresaban sentimientos de amor y a la vez tristeza en sus trabajos artísticos por la “pérdida” de su manglecito. Se presentaron más de 70 dibujos y 13 escritos, entre poesías, poemas y composiciones, fue una labor ardua y difícil escoger los mejores. Sencillos, pero bien recibidos, fueron los obsequios donados para la premiación por el Acuario Nacional, la Fundación Antonio Núñez Jiménez del Hombre y la Naturaleza, y por nuestra amiga, la periodista Karen Wald, entre otros.

Casi al terminar la actividad educativa, antes de partir a la excursión prevista al barrio Flores (creo que es necesario señalar que los barrios de Flores y el Náutico están separados o mejor, me gusta más así, comparten la desembocadura del Río Quibú y al no existir ningún puente que una a estas 2 comunidades se requiere dar un extenso recorrido para visitar a cualquiera de ellas). La intención era ver todos los árboles que se estaban sembrando a cargo de Empresas como Comunales y CUBALSE para embellecer la zona.
Confieso que no pude contenerme más y les revelé la gran noticia de que el mangle estaba a salvo y VIVO y les dije que no lo había salvado precisamente Harry Potter, si no aquel joven: Jóse, que ellos estaban viendo allá a lo lejos, del otro lado del río esperándonos para hacernos la historia. De pronto, todos empezaron a saludarle con las manos en alto y a gritarle: Jóse, Jóse, Jóse!!!... creo que fue un momento bien emocionante, tanto para los chicos, como para el mismo Jóse, los profesores y todos los que disfrutamos de esos instantes de sorpresa y alegría infantil.

Sin más demora nos pusimos de inmediato en marcha, portando la bandera de ACUALINA (recordemos que este proyecto nació en la comunidad del Náutico), sacos de “A Limpiar el Mundo”, un gran cartel que decía: “Mi Manglecito” y una gran algarabía que era imposible que todos los que nos topábamos en el trayecto no sonrieran y se preguntaran quizás: ¿qué era aquello?

Ya Jóse nos esperaba en el lugar justo de la calle por donde las olas del Wilma arrancaron y depositaron al mangle el pasado 24 de octubre. Los niños lo vitorearon, saludaron con afecto y le dieron un regalo en nombre de todos, dándole las gracias por haber salvado a “su manglecito”. Jóse, que es tímido y modesto por naturaleza, su cara parecía un tomate rojo, por tantos agasajos, para él inmerecidos, para mí y otros, sobrados. Así comenzó a contarles la historia de todo lo sucedido, de lo que significaba ese mangle para él y todas las penurias, desesperanzas y esfuerzos que tuvo que afrontar para no dejarlo morir. Nadie respiraba, sólo oían en absoluto silencio y respeto lo que aquel joven les contaba con palabras sencillas que todos entendían, palabras contadas, ya no con la boca, sino con el corazón…

Después caminamos todos como 200 metros más adelante y nos acercamos a las rocas en la costa y allí contemplamos con ojos maravillados el verde de todas las hojitas, que ya cubrían hasta las ramas más superiores del arbolito.

Quisimos ponerle al mangle un gran lazo rojo para la buena suerte y también para que estuviera más elegante y presentable para las fotografías.

Es muy difícil y espero que coincidamos ustedes y yo, en que alguno de estos niños y niñas y porqué no profesores, olviden esta vívida experiencia. Igualmente, soy optimista y romántica y es por ello que albergo la esperanza de que después de este día surja algún cambio, aunque sea muy pequeñito o insignificante que movilice sus mentes. Que los haga sentirse que pueden ser ellos o ellas, héroes también como lo fue Jóse y quizás entonces un día, se conviertan estos niños y niñas, en adultos conscientes, apasionados y verdaderos defensores y salvadores de la VIDA EN EL PLANETA.

Tal vez el final de esta historia sea escrita por mí o quién sabe si por alguno de estos pequeños dentro de algunos meses o años, una vez que nuestro querido manglecito se haya recuperado y fortalecido más, y sea entonces el momento en que pueda nuevamente volver a vivir en el mar.

Si desea contactar a: Jóse


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